La ofensiva que acabó con el líder iraní refuerza a los sectores más duros del Kremlin, pero Moscú evita romper con Washington para preservar su margen en la guerra de Ucrania.
Soldecanarias.net / Redacciòn
La muerte del líder supremo iraní, Ali Jamenei, en un ataque atribuido a Estados Unidos e Israel ha alterado el delicado equilibrio estratégico de Moscú en Oriente Próximo. Sin embargo, el Kremlin ha optado por una respuesta medida que refleja una prioridad clara: preservar la relación pragmática que mantiene con el presidente estadounidense, Donald Trump, en un momento decisivo de la guerra en Ucrania.
Para Vladimir Putin, la ofensiva contra Teherán supone un duro revés para uno de los socios estratégicos de Rusia en la región. Durante los últimos años, la cooperación entre Moscú y Irán se había intensificado en ámbitos como la energía, la industria militar y el suministro de armamento utilizado en el frente ucraniano.
Los drones iraníes, por ejemplo, han jugado un papel relevante en las operaciones militares rusas desde el inicio de la invasión a gran escala en 2022. Además, ambos países habían profundizado su colaboración en proyectos energéticos y de infraestructuras que ahora podrían quedar en entredicho ante la incertidumbre política en Teherán.
Pese a ello, el Kremlin parece decidido a evitar una escalada diplomática con Washington. En los círculos de poder de Moscú prevalece la idea de que el actual contexto internacional exige mantener abierta la vía de comunicación con la Casa Blanca. La relativa “neutralidad” de Trump respecto al conflicto ucraniano —percibida en Rusia como una menor implicación estadounidense— se considera un factor estratégico que Moscú no está dispuesto a poner en riesgo.
La operación contra Irán, no obstante, ha reforzado la influencia de los sectores más duros dentro del establishment ruso. Estos grupos, conocidos informalmente como los “fatalistas”, sostienen desde hace años que el sistema internacional se rige por una lógica de fuerza en la que solo los Estados con capacidad nuclear pueden garantizar su supervivencia frente a presiones externas.
El episodio también se produce en un momento en que Rusia ha visto debilitada su red de alianzas en Oriente Próximo. La caída del régimen de Bashar al‑Asad en Siria ya había reducido significativamente la influencia regional construida por Moscú durante la última década, y el deterioro de la situación en Irán amenaza con agravar ese retroceso.
Además del impacto geopolítico, Rusia mantiene importantes intereses económicos en el país persa, con inversiones acumuladas durante décadas en sectores como el gas, el petróleo, el transporte ferroviario y la energía nuclear civil. Un cambio brusco de régimen podría paralizar proyectos estratégicos o convertirlos en activos políticamente sensibles.
Aun así, la prioridad inmediata del Kremlin sigue estando en el frente europeo. La guerra en Ucrania continúa condicionando todas las decisiones de política exterior rusa, y la eventual reducción del apoyo occidental a Kiev —si se consolida— es vista en Moscú como una oportunidad estratégica.
Por ese motivo, pese a la pérdida de un aliado clave en Oriente Próximo, el Kremlin parece dispuesto a contener su reacción y evitar un choque directo con Washington. En el cálculo de Putin, preservar el margen político frente a Estados Unidos puede resultar, en este momento, más valioso que reforzar una alianza debilitada con Irán.


