La Conferencia de Seguridad de Múnich escenifica la voluntad de las principales potencias europeas de reforzar la cooperación militar, nuclear y convencional, en un contexto de tensiones geopolíticas y dudas sobre el compromiso estadounidense
Soldecanarias.net / MÚNICH
Europa mueve ficha. La Conferencia de Seguridad de Múnich ha servido este fin de semana como escaparate de una tendencia que ya no se disimula: las principales capitales del continente quieren avanzar hacia una arquitectura de defensa más autónoma, coordinada y robusta, capaz de responder tanto a amenazas convencionales como a los desafíos híbridos y nucleares que se ciernen sobre el tablero internacional.
La imagen de la reunión trilateral entre el primer ministro británico, Keir Starmer, el canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente francés, Emmanuel Macron, condensó el mensaje político del foro: coordinación reforzada entre las tres mayores potencias militares europeas para consolidar una base estratégica común.
Aunque nadie habla abiertamente de sustituir a la OTAN, sí se percibe un cambio de tono. La incertidumbre sobre la continuidad y el alcance del compromiso de Estados Unidos con la seguridad europea, unida a la persistencia de la guerra en Ucrania y al aumento de la presión rusa en el flanco oriental, ha actuado como catalizador.
Disuasión nuclear y músculo convencional
Francia, única potencia nuclear de la Unión Europea tras el Brexit, ha vuelto a poner sobre la mesa la posibilidad de ampliar el diálogo sobre su paraguas disuasorio al conjunto de socios europeos. Alemania, por su parte, insiste en acelerar la modernización de sus Fuerzas Armadas y en reforzar la industria de defensa común, mientras el Reino Unido busca consolidar su papel como socio indispensable en materia de inteligencia, capacidades expedicionarias y cooperación tecnológica.
El debate no se limita al ámbito nuclear. Los ministros y expertos reunidos en la Conferencia de Seguridad de Múnich han subrayado la necesidad de mejorar la interoperabilidad de los ejércitos europeos, incrementar el gasto en defensa y coordinar compras conjuntas para evitar duplicidades y fragmentación industrial.
En paralelo, se ha hablado de ciberseguridad, protección de infraestructuras críticas y resiliencia energética, en un momento en el que la guerra híbrida y los ataques digitales forman parte del repertorio habitual de presión geopolítica.
Autonomía estratégica, pero con matices
El concepto de “autonomía estratégica” —impulsado desde hace años por París— vuelve a ganar terreno, aunque con matices. Países del este de Europa, tradicionalmente más dependientes del paraguas estadounidense, reclaman que cualquier avance europeo sea complementario, y no alternativo, a la OTAN.
En los pasillos de Múnich, diplomáticos y responsables de defensa coinciden en que el desafío no es solo presupuestario, sino político: armonizar culturas estratégicas distintas, coordinar prioridades industriales y evitar que los intereses nacionales bloqueen proyectos comunes.
La sensación dominante es que Europa ya no puede permitirse la complacencia. La nueva arquitectura de seguridad que empieza a esbozarse no nace de un impulso idealista, sino de una percepción compartida de vulnerabilidad. Múnich ha dejado claro que el debate ha dejado de ser teórico. Ahora la cuestión es si las declaraciones de voluntad se traducirán en decisiones vinculantes y en capacidades reales sobre el terreno.
El tiempo, y la evolución de las amenazas en las fronteras del continente, marcarán el ritmo de una transformación que hace apenas unos años parecía lejana y que hoy se perfila como una prioridad estratégica inaplazable.


