La escalada militar en Oriente Medio vuelve a recordarnos que las guerras no resuelven los conflictos, solo multiplican el dolor de las víctimas inocentes
Por Mohamed Jamil Derbah
Presidente de Fuerza Canaria y presidente-gerente del Grupo de Comunicación Sol de Canarias
Las imágenes que llegan estos días desde Oriente Medio muestran una realidad que nunca debería normalizarse: ciudades bajo el ruido de las explosiones, familias refugiadas en sótanos, hospitales colapsados y una incertidumbre que se instala en la vida cotidiana de millones de personas.
La reciente escalada de tensión entre Estados Unidos, Israel e Irán ha devuelto al mundo a un escenario de máxima preocupación. Más allá de las estrategias militares y los equilibrios geopolíticos, lo verdaderamente importante es recordar que detrás de cada decisión armada hay consecuencias humanas irreparables. Las guerras no son abstractas: tienen rostro, tienen nombre y dejan cicatrices profundas.
No corresponde a un medio responsable alimentar la confrontación ni señalar culpables desde la distancia. Sí corresponde, en cambio, hacer un llamamiento firme a la sensatez. La historia demuestra que los conflictos armados rara vez solucionan los problemas de fondo. Al contrario, generan nuevas heridas, alimentan resentimientos y siembran inestabilidad durante generaciones.
Cuando se cruzan determinadas líneas, el riesgo deja de ser regional para convertirse en global. Las tensiones energéticas, el impacto económico y la incertidumbre política afectan también a países lejanos del epicentro del conflicto. Pero, incluso ante ese análisis, el foco debe mantenerse donde más duele: en las víctimas colaterales, en quienes nunca empuñaron un arma y hoy sufren sus consecuencias.
El mundo necesita liderazgo sereno, capaz de priorizar el entendimiento frente a la imposición. El diálogo no es una muestra de debilidad, sino de madurez política. Apostar por la negociación exige valentía y responsabilidad, especialmente cuando el clima emocional empuja hacia respuestas inmediatas y contundentes.
En tiempos convulsos, debemos reivindicar la diplomacia como herramienta imprescindible. No se trata de ignorar las diferencias, sino de gestionarlas sin convertirlas en tragedias humanas. La paz no es una consigna ingenua: es una necesidad urgente.
Hoy más que nunca, el compromiso debe estar del lado de la vida, de la protección de los civiles y del esfuerzo colectivo por evitar que la violencia se convierta en la única forma de comunicación entre los pueblos. Porque ninguna guerra devuelve lo que destruye, y ningún conflicto merece el sufrimiento de quienes solo desean vivir en paz.


